Archivos de la categoría Crianza

¿Qué nos pasa con el amor?

Estábamos dando un paseo y yo me paré a atarle a Dani un cordón de la zapatilla. Unos turistas -forasteiros, aquí les llamamos así- que paseaban por allí no perdieron su ocasión de intervenir: “este niño sabe atarse los cordones, que me lo dijo a mí, pero prefiere que se los ate su padre”.

Aproveché para explicarles que seguramente no me quedaba mucho tiempo más de hacer eso. Creo que se quedaron un poco decepcionados; me parece que contaban con que yo aprovecharía su ayuda para atacar a mi hijo. Lo digo completamente en serio.

Me hubiera gustado explicarles también que -si todo va bien- llegará un momento en el que sea Dani el que me ate las zapatillas a mí.

Y ahora reflexiono un poco. Sobre por qué molesta ver a un papá atar las zapatillas a su hijo. O llevarlo de caballito. O por qué molesta ver a una mamá dando el pecho a su niño (hoy ha escrito Patricia Garcés un interesante artículo relacionado). O por qué nos resulta más escandaloso ver una pareja haciendo el amor que ver a una pareja discutiendo.

Y he llegado a la conclusión de que a este mundo le molesta el amor.

Papá, ¿jugamos a los números?

Últimamente Dani y yo (y los que se apunten, que suele haber alguien siempre) nos lo estamos pasando en grande jugando a los números. ¿Que qué es eso? Pues una serie de preguntas que se me ocurren (y que ahora se le van ocurriendo a Dani) con las que nos lo pasamos en grande. Dani tiene seis años, pero os dejo algunos ejemplos y vosotros adaptadlas a la edad de vuestros peques, si queréis jugar:

  • El mayor número par de cuatro cifras.
  • El mayor número par de tres cifras, con todas sus cifras diferentes.
  • Un número de tres cifras cuyas cifras sumen diez.
  • Un número de cuatro cifras en el que las dos primeras sumen lo mismo que las dos segundas.
  • El mayor número de seis cifras con todas sus cifras diferentes.
  • Un número cuyo nombre tiene el mismo número de letras que el valor del número.

A disfrutar!!!

Los diez mandamientos del maltrato (sutil) infantil

En los últimos días he tenido la suerte desgracia de asistir a un Máster en Maltrato Infantil Avanzado. Iba a decir que he asistido de forma gratuita pero, desafortunadamente, estas cosas nunca lo son.

Durante el Máster tomé unos cuantos apuntes, y aquí os los copio, para que todos os podáis aprovechar de ellos:

– si el niño llora y usted no entiende por qué, asuma que es un niño que llora por todo y que no tiene motivos para hacerlo. Si alguno de los presentes interviene aportando alguna posible explicación (como que el niño está cansado o no está en su ambiente habitual), ignórelo.

– si es posible, critique sus llantos o gritos públicamente; si además consigue que se una más gente a las críticas, mejor. Así el niño sabrá que sus sentimientos no tienen validez alguna.

– si el niño está jugando con un juguete y usted le da otro juguete a un niño cercano, extráñese si ambos quieren jugar con él y aproveche la ocasión para llamarle egoísta al primer niño.

– repita la frase “hay que compartir” constantemente, de modo que el niño se sienta mal. Da igual que usted no comparta habitualmente en su vida cotidiana; simplemente suelte la frase con frecuencia.

– amenace al niño con enfadarse o con dejarle de querer si no hace lo que usted quiere: de ese modo aprenderá que los sentimientos de los adultos son más importantes que los de los niños y actuará movido por el miedo.

– si el niño se quiere ir de su lado, porque usted lo está agobiando, sujételo con firmeza y déjele claro quién manda. Usted sabe cómo se hacen las cosas, no él.

– diríjase a él con brusquedad; si él hace lo mismo, enfádese mucho con él.

– si el niño le pide algo con suavidad cinco veces, no le haga caso. Si a la sexta grita, ríñale por gritar.

– si ninguna de las estrategias funciona, usted retírele el juguete. Así conseguirá que se “porte bien” para poder recuperarlo.

– si tampoco ha funcionado la estrategia de retirar el juguete, envíelo a un rincón hasta que el niño se aburra. Dígale que piense. No importa que usted no lo haya hecho en los últimos cuarenta años. Quizá esta estrategia tampoco funcione, pero al menos el niño no le molestará.

Estos diez mandamientos se resumen en dos: los adultos siempre tienen razón y los niños siempre son unos chantajistas mimosos.

Gracias, Sonia, por el preciso apunte que me has hecho (recordar que a veces los adultos amenazan a los niños con dejarlos de quere)r.

Música para bebés

Hace unas semanas tuvimos la maravillosa oportunidad de participar en una clase de música para bebés, de la mano de Laura Sanz, directora de Enarmonía. Nunca habíamos asistido a una actividad de este tipo y lo cierto es que nos sorprendió muy agradablemente, y nos quedamos con ganas de más.

Laura enfoca sus clases prestando mucha atención al apego y a la relación madres/padres-hijos y respetando por completo los ritmos, necesidades y voluntades de cada bebé. Dos premisas que me parecen fundamentales y que hablan muy bien de su proyecto.

Lo más importante: Irene (10 meses) se lo pasó de maravilla y Dani (5 años y medio) -aunque era una clase de música para bebés- mejor todavía.

Hubo en esa clase algo que me pareció casi milagroso: la capacidad de Laura de integrar cualquier sonidito de los bebés (un “ah”, por ejemplo) y crear con ello una melodía de la que el bebé no solamente es parte, sino que se siente parte. Es una experiencia única ver a un grupo de bebés (con sus papás) completamente integrados -cada uno a su ritmo, como digo- en la canción. Y si esto es la primera clase, no me puedo ni imaginar cómo será tras unas cuantas. Una experiencia muy recomendable, como digo.

Y de ese modo, entre risas, juegos, canciones, niños felices y padres entusiasmados viéndolos, se nos pasó volando la clase de música.

Los castigos

Quienes me seguís y conocéis sabéis de sobra que no considero los castigos un método educativo. Voy a intentar explicarlo de la forma más sencilla posible.

Cuando se aplica un castigo para corregir una conducta, pueden suceder dos cosas: 1) que el castigo no tenga efecto o 2) que el castigo tenga efecto.

En el primer caso, el castigo no sirve para nada: hemos dejado al niño sin consola porque ha pegado a otro y al día siguiente vuelve a pegarle. El castigo no ha servido de nada.

Y esto es lo mejor que puede pasar. ¿Sabéis por qué? Porque la otra opción es peor: que el castigo sirva para algo. Que al día siguiente el niño no pegue porque si pega se queda sin jugar a la consola. Trasladado a un contexto futuro, y más grave, ¿os imagináis a alguien que no mata porque si mata va a la cárcel? ¿Alguien quiere ser así, alguien quiere que sus hijos, alumnos, seres queridos, sean así?

Yo tampoco.

Fotos de menores en Internet

Si no tienes tiempo para leer más, te lo resumiré en una frase: nunca subas fotos de menores a Internet. Si te ha quedado claro, ya puedes dejar de leer. Si quieres algunos argumentos, los expongo a continuación.

– los menores son menores hoy, pero las fotos estarán (potencialmente) en Internet toda la vida. Sí, aunque tú la borres, cualquiera puede habérselas bajado y subido a otro sitio, o pueden quedar en alguna caché, por ejemplo. ¿Le gustará a tu hijo que una foto suya de pequeño sea objeto de bromas por sus compañeros de instituto?

– ¿qué puede hacer un pederasta con una foto de un menor? Pues lo menos dañino será llevarse esa foto a sus foros y empezar a hacer comentarios de un alto nivel de obscenidad. He tenido la desgracia de ver un extracto de esos comentarios ante una foto de una niña en la playa, y os prometo que jamás había escuchado tales cosas (ni dirigidas a menores ni a adultos).

– si aún así decides subir fotos (y esto es valido para cualquier tipo de fotos, no solamente de menores), hazlo en un sitio donde no cedas tus derechos de autor. Específicamente, Facebook no es un sitio al que debas subir tus fotos: al subir una foto allí, Facebook pasa a tener la propiedad intelectual de esa fotografía. Y podría usarla para lo que quisiera, entre otras cosas.

– si aún así decides subir fotos, piensa que estás haciendo lo equivalente a poner fotos de tu hijo en una calle muy transitada. Lo haces para que las vean tus seres cercanos… pero las puede ver todo el mundo. Sí, incluso en el caso de que indiques que esa foto solamente puede ser vista por tus amigos, no puedes garantizar que ningún amigo la comparta de algún modo (voluntaria o involuntariamente). Por otra parte, a Facebook (de cara al tema de la propiedad intelectual), quizá le importe poco tu privacidad.

– si aún así decides subir fotos, siempre mejor en grupo que el niño solo; siempre mejor en pequeño que en grande; siempre mejor con ropa que semidesnudo; siempre mejor sin nada que lo pueda identificar que siendo fácilmente ubicable.

– para que os hagáis una idea del tipo de búsquedas que se realizan en Internet, os contaré algo: hace ya varios años publiqué un post en el que se hablaba de, para cada carrera universitaria, el porcentaje de estudiantes vírgenes. Pues bien, es muy muy habitual que haya gente que llegue a este blog buscando… “estudiantes vírgenes”.

– bien, ¿y qué podemos hacer si queremos enseñar las fotos de nuestros retoños a personas de confianza? Desde luego, no ponerlas en un lugar público. La opción más segura… no compartirlas. Si compartimos, debemos saber que ni el email, ni dropbox, ni whatsapp son completamente seguros. Aunque sí me atrevo a decir que estamos “relativamente” seguros con esas opciones. Es buena analogía imaginarse que esa información la enviamos -sobre todo en el caso del email- de forma tan segura como cuando se envía una postal. Sin duda, nadie la va a leer… pero podría leerla.

Espero vuestros comentarios; por mi parte, voy a compartir este posts con varios expertos en el tema, a fin de que puedan añadir/corregir/completar lo que consideren.

Estoy cuidando a mis nietos

Esta mañana íbamos con mucho retraso para clase (era la hora de entrar y aún estábamos saliendo de casa). Como teníamos mucha prisa, yo no estaba tan tranquilo como de costumbre, e iba con la mano en la espalda de Dani, empujándolo hacia el coche.

No puedo justificar mi actitud; por mucha prisa que tuviera, esa no es forma de tratar a nadie (¡aunque sea sumamente habitual!) y menos a un ser querido, y menos a un hijo. Algunas personas me han comentado que realmente no fue para tanto, pero bueno, para mí (y, sobre todo, para Dani) sí lo es.

Traigo este caso para contaros la preciosa lección que me dio Dani al verse empujado así: “Papá, ¿no ves que si me haces eso, yo se lo voy a hacer a mis hijos?”

Efectivamente, al cuidar a nuestros hijos, de algún modo, estamos también cuidando a nuestros nietos. Cada gesto que tenemos con nuestros hijos llega mucho más allá de la infancia y de la edad adulta de nuestros hijos (que no es poco): nuestros nietos y las siguientes generaciones también estarán afectadas -para bien y para mal- por nuestro comportamiento.

Y creo que esto me ha dado la respuesta a una pregunta que ha rondado mi cabeza desde hace mucho: ¿es posible ser buen abuelo sin ser buen padre? Pues creo que es evidente que no, porque al ser padre, estás siendo abuelo.

El regazo y el destino

El regazo en el que caemos al nacer decide de nuestra felicidad o desgracia. ¡Dichoso el hombre sobre el cual han llovido como celestial rocío los besos de sus padres! Estos besos se filtran por la tierna carne del niño y llegan hasta el corazón y lo reblandecen para siempre. Quien haya tenido padres justos y amorosos jamás odiará en conjunto a la humanidad, porque aquellos seres adorados pertenecen a ella. Por el contrario, si el hado adverso le ha deparado un nido helado, nunca podrá echar de sus huesos el frío.
(Armando Palacio Valdés)